Comunicación III: ¿qué decir?

No soy capaz de dimensionar la cantidad de páginas web, artículos y posts que hay respecto de cómo escribir contenido viral, de cómo hacer que tus tweets se reproduzcan o que tus entradas en Facebook se conviertan en el evento del día. Curiosamente todos ellos tienen un denominador similar: están plagados de lugares comunes y de reglas generales, casi tanto como la predicción de un mal adivino. Lo peor, es que pueden conducir a engaño: la comunicación no es única e infalible. Si así lo fuese, el mundo sería mucho más sencillo…

Hay tantos canales como seres humanos existimos, y tantos mensajes como nuestra mente sea capaz de generar. Si multiplicamos esa información, quizás seremos capaces de comprender el alcance que tiene Internet, aunque estoy completamente seguro de que nuestra imaginación se quedaría absolutamente corta. Al existir esa base tan amplia, es difícil sorprender con un contenido nuevo a los usuarios o con una sorprendente nueva forma de abordarlo. Pero sí seremos capaces de aportar nuestro punto de vista, tan único y subjetivo como cualquier otro, y con tanto valor como cualquier otro. Es allí donde radica la cualidad única de nuestro mensaje: no solo en el cómo decirlo, sino en el qué decir.

La comunicación es la carta de presentación que sostendrá la relación entre dos o más partes, y que debe ser acorde no solo con los objetivos que la motivan, sino con la imagen que se proyecta, con el contenido y con la forma de entregarlo

La suma de ambos, nos dará una nueva perspectiva. Y, si somos constantes, incluso nos permitirá tener una voz ampliada dentro del maremágnum de información. Pero encontrar qué decir, no es tarea fácil, menos aún en un espacio tan colorido y multicultural. Una de las formas que tenemos para abrir esa pequeña brecha por la cual podremos llegar a los demás, es en la especialización: encontrar el nicho en el que podamos aportar, revisitar o reproducir buen contenido. Con esto, quiero dejar claro que no existe una jerarquía de mejor o peor contenido en cuanto al tema sobre el cual gira, sino en cuanto a la consistencia con la que seamos capaces de argumentar, exponer y compartir. Es decir, que me da igual si tu voz habla de la inmortalidad del cangrejo, sobre e-learning o acerca de la interculturalidad en los procesos de socialización como fuente de paz, mientras la voz que hay detrás sea capaz de abordar ese contenido desde distintas aristas y perspectivas, iluminando la oscuridad que para el resto de los mortales tiene.

Una vez que encontramos ese “qué decir”, el “cómo” adquiere un papel relevante. Aunque sea absurdo decirlo, es evidente que ese “qué” interferirá en la decisión de “cómo” entregar esa información: el canal utilizado, la frecuencia, la longitud, la profundidad, el lenguaje, la tecnología, el tiempo, la intención, el público objetivo, etc. Siempre es positivo tener en cuenta a quién nos dirigimos y qué pretendemos conseguir con ese mensaje (información, entretenimiento, persuasión…). Pero el canal también es importante. Tal como veíamos en los dos posts anteriores, aunque el origen sea el mismo, la voz que se escucha a través de un blog, de una web corporativa o de las redes sociales, no resuena igual en los oídos de los usuarios. Y eso ocurre porque va ligada a una experiencia, a unos prejuicios, a unas emociones a las que se apelamos con cada palabra.

La comunicación es mucho más que una suma de frases. Es la carta de presentación que sostendrá la relación entre dos o más partes, y que debe ser acorde no solo con los objetivos que la motivan, sino también con la imagen que se proyecta, con el contenido, con la forma de entregarlo, etc. Por eso es tan importante detenerse a pensar qué queremos comunicar y cómo queremos hacerlo, porque si nos lanzamos sin haber respondido a ninguna de estas preguntas con antelación, el resultado puede ser desastroso, que es lo que vemos  que ocurre casi a diario cuando el proceso de comunicación se deja en manos inexpertas o de personas que no tienen en cuenta las consecuencias de una mala campaña comunicacional: cartas con toques sexistas y retrógrados, empresas que eliminan comentarios en contra o unas polémicas zapatillas. Y estos son los casos que llegan a la luz, pero estoy seguro de que hay muchos más que, aunque no tengan la repercusión mediática que los ejemplos anteriores, sí han provocado más de algún dolor de cabeza a unas cuantas empresas.

¿Le confiaría a un futbolista su defensa en un caso de fraude fiscal? ¿No, verdad? Pues, ¿por qué le daría su plan de comunicación a alguien sin experiencia? En cada caso, estoy seguro de que las consecuencias sería nefastas en el corto o medio plazo. ¡Da para pensar, ¿no?!

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