De la confianza on-line a la emoción social

Hay un tema que para una generación mayor que la nuestra (incluso para un buen porcentaje de nuestros coetáneos) sigue siendo espinoso: la confianza en la Red. Existe cierto temor hacia lo que ocurre en Internet, lo que podría esconderse detrás y, en definitiva, hacia la tecnología.

Lo que nos permite a los que migramos tempranamente a las Nuevas Tecnologías (admitámoslo, los que nacimos antes de 1980 no somos nativos aunque podamos sentirnos muy cómodos con ellas) tener menos reticencia es que llevamos mucho tiempo viendo el desarrollo de Internet y del mundo que en ella habita. Hemos visto nacer las redes sociales y nos hemos adentrado en ellas sin muchos reparos. Por ello no nos cuesta tanto generar esa confianza, involucrarnos, exponernos… más aún si trabajamos en los Social Media. “Según el estudio de Pew Internet Research, las personas que usan Facebook múltiples veces al día son un 43 por ciento más proclives que otros internautas (y hasta tres veces más que los no internautas) a pensar que se puede confiar en la mayoría de la gente” (Fernando Polo Hernanz. Socialholic).

La creación de lazos virtuales no solo confirma nuestra capacidad de confiar, sino que además la alimenta: compartimos a diario información de todo tipo a través de LinkedIn, Twitter o Facebook que, probablemente, de otra forma no publicaríamos. Hemos llegado a un punto en que no solo somos agentes de comunicación, sino que producimos información propia y transmitimos datos de nuestro ámbito íntimo (que no privado), que tienen que ver con nuestro entorno inmediato, nuestro trabajo, nuestra familia o nuestra pareja. Simplemente con rellenar la casilla de “estatus” ya estamos entregando información personal. Eso es un acto de confianza incontestable.

Y no solo tenemos confianza del entorno digital, sino también de la gente que en él habita. Recurro a un ejemplo que puede parecer absurdo, pero la proliferación de páginas y sitios de vinculación social (contactos profesionales, románticos, eróticos, sociales, amistosos, motivacionales, temáticos, etc.) no tendrían éxito si no fuésemos capaces de conferirle un cierto grado de credibilidad a lo que encontramos en la Red, incluso cuando nuestra propia información pueda estar “retocada” o ser directamente ficticia. Desde los primeros años de los chat (que a mí me tocaron en la época universitaria), éramos capaces de creer con convicción lo que la pantalla nos decía: realmente no sabíamos quién estaba al otro lado, pero resultaba maravilloso pensar que estábamos hablando con alguien en algún lugar del mundo. Hoy, sigue pasando lo mismo, pero a través de aplicaciones que nos localizan geográficamente, a través de las cuales compartimos fotos, estados de ánimo, incluso en algunas se publican los teléfonos.

Confiamos en los demás y confiamos en nosotros, lo que nos lleva a sentirnos en un entorno seguro, en el que nos movemos con facilidad, casi como si estuviésemos en el salón de casa. Los vínculos que creamos en el mundo digital fortalecen nuestro ser, nuestro ego (no de forma peyorativa, sino el ser capaces de comprender nuestro yo, abrazarlo y convivir con él en conjunto con los demás); nos hacen ser, quizás, mejores personas; no en el sentido valórico, sino en cómo nos sentimos percibidos por los demás, confiando más en nuestro valor individual y en lo que podemos aportar a los demás: conocimiento, opinión, información, sentimientos, etc. “Comprender lo que nos rodea y sentirnos queridos e integrados nos empuja hacia los medios sociales. Nuestro modelo motivacional describe en cuatro etapas cómo nuestro ecosistema social fortalece nuestro yo, nos ayuda a entender mejor nuestro entorno, nos ayuda a relacionarnos con ese entorno y, por último, nos hace ser mejores y crecer en él” (Fernando Polo Hernanz. Socialholic).

Así, quienes afirman que las redes sociales nos vuelven menos sociables, quizás estarían equivocados: la capacidad de sociabilizar con los demás, de empatizar y de compartir no es que se esté perdiendo, sino que está cambiando de canal. Pero eso no le resta valor ni amenaza con hacer desaparecer a la comunicación cara a cara o las emociones en carne viva. Lo sentimos todo, incluso con mayor intensidad, porque para demostrar una emoción en un espacio virtual, tenemos que poner toda la parte no verbal, corporal, visual y olfativa en pocas palabras para que los otros perciban correctamente lo que estamos sintiendo.

Todo esto, para explicar por qué es tan importante apelar a la confianza de la comunidad de usuarios, a las emociones, al sentido de pertenencia, a los individuos. Todo esto para reafirmar que la era de los mass media ha dado paso a la humanización del mensaje, a la individualización de las relaciones, a la necesidad de que todos nos sintamos parte importante de la sociedad. Por eso reaparecen los movimientos sociales, se escuchan más voces, por eso la juventud parece más viva que la de hace unos pocos años: su capacidad de relacionarse socialmente los empuja a ser más comprometidos, a compartir sentimientos y necesidades públicamente, a identificarse con causas diversas y a actuar, aunque sea a través de un espacio digital o en la plaza de su localidad. Por eso no funcionan las grandes campañas y la viralidad, el boca a boca, el usuario como protagonista dan mejor resultado, a menor coste y con un mayor efecto emocional.

Internet no ha matado lo social, lo ha llevado a un nuevo plano: la emoción social. Y eso tiene que ser entendido por toda la Sociedad: políticos, economistas, tecnócratas, grupos de presión, comunicadores, empresarios, quienes se dedican al marketing y la publicidad, community managers, expertos del Social Media… Solamente teniendo esto claro, seremos capaces de comprender el interesante momento social, antropológico y cultural en el que estamos inmersos. Esto no es algo pequeño…

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