Qué tener en cuenta al pensar en formación

Tenía un poco abandonada esta categoría, pero el repaso de uno de mis textos me ha motivado a retomar un tema que considero de vital importancia, más aún en tiempos de crisis: la formación no solo como herramienta productiva, sino también como elemento que vincula al trabajador con la empresa, apoya su desarrollo profesional y redunda en un sentido de pertenencia que, si se aprovecha bien, repercutirá en una mejor imagen para la marca.

Uno de los fenómenos más comunes en la formación empresarial es elegir acciones formativas poco útiles o novedosas, que redundan en el abandono de las mismas y, por consiguiente, en una actitud negativa del trabajador, que es obligado a estudiar algo que no desea. Además, se les “invita” a formarse fuera del horario laboral sin ningún tipo de incentivo, lo que tampoco es bien recibido ni permite un compromiso personal o profesional. Si solo se tuvieran en cuenta estos aspectos y se entendiera este proceso como algo necesario, productivo y como inversión, el panorama podría ser muy diferente.

Otra de las carencias habituales en este ámbito, es que no se concibe –ni menos se ejecuta– un plan de formación a largo plazo, creado a partir de las proyecciones y necesidades de la propia empresa. Se suele apostar por planes cortoplacistas para cubrir alguna necesidad puntual, pero no se sostienen dentro de un marco diseñado para que esas acciones formativas proyecten los objetivos de la empresa hacia el futuro.

De esta forma, el desafío inmediato es invertir adecuadamente los gastos de formación en acciones que sean, a la vez, productivas, convenientes, eficaces, rentables y positivas para la organización. Si se logra un equilibrio de todos estos factores, probablemente en el medio y largo plazo, se obtengan mejores resultados tanto para la empresa como para el trabajador, logrando mejorar el rendimiento, un retorno de la inversión y un sentimiento de fidelidad que permitirá contar con el personal “formado” por largo tiempo, evitando así los costes que implica la preparación de nuevos trabajadores y, por consiguiente, la ralentización del proceso productivo.

La formación es una inversión positiva si se plantea como una herramienta de desarrollo, como un elemento de vinculación con el trabajador y como una apuesta para el futuro de la empresa, teniendo en cuenta las previsiones no solo del mercado, sino también las de crecimiento real de la organización y los objetivos esperados según el plan. Si realmente se incorporase su diseño dentro del margo integral de la empresa, la formación sería mucho más útil y cobraría el valor que realmente posee.

Recomendable es evitar casos como que un ingeniero técnico tenga que dar clases de redacción periodística a profesionales de las comunicaciones con trayectorias superiores a los 12 años. Eso no es una formación eficiente y lo único que hace es generar un mal clima ya no solo entre los propios compañeros, sino entre estos y la organización. Quien todavía no sea capaz de ver la fuerza y la relevancia que la formación posee, seguramente será parte de una comunidad profesional poco cohesionada y fuente habitual de conflictos. La formación une, fideliza y le da un matiz positivo al desarrollo profesional. ¿Estamos de acuerdo?

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